José Ramón Galán Talens

 

El proyectil esférico ha sido durante mas de 500 años la munición empleada en armas civiles y militares. La mayor parte de la historia esta escrita con armas de Avancarga, pólvora negra, y proyectil esférico.

 

Una de las acepciones de proyectil, se refiere a cualquier cuerpo lanzado a través del espacio, pero detrás de esta simple acepción, se esconde un objeto con capacidad para cambiar la historia y por cuyo estudio han suspirado los mejores estrategas del mundo, tanto los de épocas pretéritas, como los presentes y futuros.

 

 

LOS PRIMEROS PROYECTILES

La evolución de las armas ha ido pareja a la del hombre, desde que el primer homínido lanzara una simple piedra para defenderse, algo cambió, su inteligencia primaria memorizó este acto por el resultado positivo alcanzado. La memoria reflexiva debió hacer el resto, perfeccionando los instrumentos ofensivos que favorecerían el cambio de presa a predador.

 

Las piedras fueron los primeros proyectiles que arrojaron nuestros ancestros, posteriormente fueron elaborando mas sus armas, comenzando a utilizar lanzas, flechas y todo tipo de objetos catapultados en la intención de salvar el contacto directo con sus enemigos o presas, evitando de ese modo la posibilidad de resultar heridos. Mas tarde con el descubrimiento de los metales, perfeccionan los objetos conocidos, hasta el momento en que aparecen las armas de fuego y con ellas los proyectiles en el que basaremos este trabajo, el que es disparado o propulsado con armas de fuego.

 

Aunque resulta imposible datar con seguridad donde o cuando aparecieron las primeras armas de fuego, si podemos aventurar el tipo de proyectiles que usaron, en algunos casos porque perduran en el tiempo, y en otros por el grabado o dibujos antiguos, como el de “Milimette”, fechado en 1326, en el que aparece una especie de cañón en forma de vasija apuntando hacia la puerta de una fortaleza y un soldado en posición para su disparo acercándole un hierro al “rojo vivo”. En este grabado, podemos apreciar que de la boca del cañón sobresale una enorme flecha, que nos lleva a suponer que en un primer momento y tras descubrir la utilidad de la pólvora negra como propulsor cuando se encerraba en un tubo cerrado por un extremo, emplearan como proyectil lo que ellos conocían hasta el momento como proyectiles ofensivos, las flechas en todas sus variantes. Solo las pruebas posteriores indicarían que había otros con un mayor potencial para sus objetivos, los esféricos de piedra o metálicos.

 

La primigenia artillería se empleó principalmente para el derribo de puertas y murallas defensivas, por lo que resultaba factible la utilización de proyectiles esféricos de piedra que tenían notables ventajas, ya que se fabricaban en el mismo “campo de batalla”, que en realidad era el “sitio” de alguna ciudad y solía prolongarse durante semanas o meses, dando tiempo a que se pudieran tallar sobre el terreno, porque ni la cadencia de disparo ni las características balísticas de estos cañones eran muy exigentes. Cada pieza era diferente en cuanto a calibre y longitud, por lo que entre su dotación había un grupo de talladores de piedra que se dedicaban principalmente a este trabajo cuando emplazaban la pieza, para ello disponían de unas “galgas” metálicas del calibre exacto que debería tener el proyectil, de forma que solo cuando giraba sobre si mismo manteniendo la “galga” en el centro de mismo, era apto para su disparo, asegurándose una cierta precisión en el disparo, ya que ni se atascaría al cargar, ni tendría excesivo “viento” balístico. De este tipo de proyectiles, se pueden ver colecciones importantes en los mejores museos de armas europeos.

 

Las necesidades militares consiguieron progresos importantes en la metalurgia y producción de cañones con mayor alcance y potencia, al tiempo que los estudios balísticos favorecieron importantes avances en la precisión y contundencia de los diferentes proyectiles, de hierro y plomo principalmente. Pero no sería hasta el siglo XIX, cuando realmente se dio un paso de gigante en lo que a la balística se refiere, pues será durante este siglo, cuando se avanza en el estudio y mejora de los cañones estriados, que aunque se conocían desde antiguo, no se les había sacado todo su potencial hasta que en la última mitad este siglo, en que se alcanzará el máximo de esplendor en lo que al desarrollo y precisión de las armas estriadas se refiere, y por ende sus proyectiles.

 

 

 

 

 

Antigua ballesta en que se aprecia el tipo de proyectiles que empleaba y que difieren bien poco de los que conocemos actualmente como "modernos". Mediante una palanca resulta muy fácil verter el plomo fundido en el molde que al solidificar dará como resultado un proyectil perfecto. El paso previo es preparar nuestro plomo en lingotes para poder "alimentar" nuestro hornillo. Los hornillos eléctricos resultan muy útiles para fabricar nuestros propios proyectiles.

 

En el siglo XIX con el redescubrimiento de las bondades del cañón estriado y los proyectiles ojivales, es cuando aparece realmente el proyectil en el concepto mas actual, y que debería referirse a los objetos capaces de mantener un vuelo mas o menos estable gracias a un movimiento giroscópico del mismo y cuya longitud sea mayor que el calibre.

En terminología militar actual, se refiere a los objetos disparados por armas ligeras, de artillería y/o autopropulsados. 

 

 

 

PROYECTILES "MODERNOS"

Existen diferentes formas y tipos de proyectiles para armas de Avancarga, esféricos, cilíndricos y minié o de base hueca. Dentro de estas variantes, los cilíndricos y minié se subdividen en otras muchas que afectan al calibre, peso, forma, longitud.

 

Los esféricos, el proyectil por excelencia en las armas de Avancarga, son los mas simples de fabricar y los que menos problemas generan, ya que pequeñas imperfecciones son asumidas por la envuelta de tela que se suele emplear al dispararlos, mientras que en los que no la emplean (revólveres principalmente), tampoco les afectan estas imperfecciones, ya que durante la carga, el proyectil sufre deformaciones de mayor importancia que tampoco le restan demasiada precisión a la distancia de tiro para la que se diseñaron y en segundo lugar porque no se puede perder lo que no se tiene.

 

Los cilíndricos de menor tamaño (con ojiva) también resultan sencillos de fabricar con cierta calidad, similar a los esféricos, mientras que los mas largos requieren de una turquesa y plomo muy calientes para que retarde la solidificación, así mismo requieren de un caudal de vertido mayor.

 

Los minié o de base hueca, son sin duda los mas complicados de producir, ya que la turquesa articulada pierde muy rápidamente el calor del cono que fuerza la base hueca, requiriendo de mucha experiencia para obtener proyectiles de calidad, no obstante y al igual que con los del tipo largo, turquesa y plomo muy calientes serán imprescindibles para la obtención de resultados aceptables.

 

 

 

 

Proyectil esférico disparado en que se aprecia claramente la huella dejada por las estrías. Proyectiles cilíndrico ojivales. Proyectiles minié. Proyectiles cilíndrico ojivales engrasados, recalibrados y dispuestos para su uso.

 

En los primeros tiempos de las armas rayadas, allá por el siglo XVIII, ya se conocían las bondades de disparar proyectiles con un movimiento giroscópico, aunque aun no se conociera nada o casi nada de la balística y sus leyes. Se cargaba principalmente con proyectiles de plomo desnudo que se forzaban en las estrías desde el comienzo de la boca del cañón, debiendo dar fuertes golpes de mazo para iniciar y baqueta (de hierro) para conseguir asentar la bala sobre la carga. Este proceso resultaba lento y engorroso, además las armas quedaban inutilizadas a los pocos disparos, pues los residuos de la pólvora negra cegaban las estrías lo suficiente como para impedir la carga con el proyectil forzado en ellas. Este hecho haría perdurar en el tiempo los mosquetes de chispa y ánima lisa, que podían disparar proyectiles pesados y contundentes en las peores condiciones, aunque no lo hicieran a mucha distancia, tampoco las estrategias militares de la época lo requerían.

 

No será hasta principios del siglo XIX, cuando tras el descubrimiento del fulminante y su posterior adaptación a las armas en substitución de las llaves de chispa, les permitió poder desafiar a los elementos atmosféricos con mayor seguridad. Los militares y estrategas conociendo las ventajas de los cañones rayados, requirieron un arma con las ventajas de las estrías y la carga rápida de los mosquetes. Estos condicionantes favorecieron el descubrimiento del proyectil minié subcalibrado para que se pueda cargar con facilidad y de base hueca para que tome las estrías por dilatación del faldón en el momento del disparo. Sin entrar en mas detalles, con esto se dio el pistoletazo de salida al proyectil moderno, donde las ojivas, longitudes, pesos, velocidad giroscópica etc., hicieron de la balística una ciencia que apasionó a muchos deportistas y donde nunca se sabe lo suficiente, cualquier norma válida hoy, es desafiada en fechas posteriores.

 

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